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Marines del Caos: Los Malditos de Kurgan / Kurgan

Akhronax había vuelto tan rápido como pudo a la “Espada de Ébano”, la antigua barcaza de combate de los desaparecidos Caballeros de Ébano y buque insignia de la flota del Señor de la Guerra Kurgan. Apodado “El Maldito”, era el antiguo primer capitán de este capítulo de Adeptus Astartes, y quien llevó a sus hermanos de batalla hacia la verdadera fe, la de los Dioses del Caos, y en los que creían que de verdad podían hacer que la humanidad alcanzase su verdadero potencial; aunque para ello se tenga que pagar un “pequeño” diezmo.

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Era de costumbre que a Akhronax lo acompañasen sus más preciados hermanos de batalla, aquellos que habían ganado, y perdido, tanto como él lo había hecho. Sus palabras y pensamientos le eran útiles tanto en los consejos de guerra como en el centenar de contiendas que había participado en los siglos que ha sido Señor del Caos. Akhronax fue otorgado de una decena de títulos: fue llamado el Archisuplicante del Caos; Almirante de la Flota Enmascarada; Señor del “Despojador de Vidas”, un acorazado de clase asolador; Archicampeón de los Elegidos del Caos; Masacrador del sistema Castile; Corruptor del mundo santuario Santity IV; Padre Forjador de Braum III y Braum IV entre otras innumerables hazañas que lo ascendían a uno de los mejores paladines heréticos de la galaxia.

Todos los tripulantes, servidores y marines del caos que se encontraban con él en los amplios pasillos de la barcaza de combate se arrimaban a las paredes y agachaban respetuosamente sus cabezas, incluso a veces hincaban la rodilla en el suelo a modo de gran respeto y temor que todos le tenían. Justo por detrás de él, pero separado de sus hermanos de batalla, caminaba nerviosamente el Primer Hechicero de su Señor de la Guerra, Seletax Vrock. Kurgan, para bajarle los humos por sus últimos aciertos en las predicciones realizadas por él y su cónclave de hechiceros, había enviado expresamente como recadero a Seletax para entregarle el mensaje a Akhronax que le había hecho venir a ver a su infame señor. Entre la hueste de Akhronax se encontraban gran cantidad de seguidores de Khorne, a los que les gustaría ofrecer la cabeza de cualquier hechicero ante su dios, sin importarles las represalias de nadie. El Señor de la Guerra siempre había tenido un sentido del humor muy peculiar.

Al Señor del Caos Akhronax le molestaba no haber podido terminar el trabajo en el planeta Cath’lonia IV, pero no podía negarse a las órdenes de su superior. Según ascendía por los pasillos de la barcaza se percató que navíos de otras dos flotas se encontraban también allí reunidas; la siempre reconocible Terminust Est de Typhus y su Guardia de la Muerte permanecía tan cercana a la barcaza que podía sentirse el nauseabundo olor de sus tripulantes. No sentía mucho placer combatir junto los seguidores de Nurgle, pues en algunas ocasiones las plagas propagadas por sus marines habían contagiado a sus hermanos; de todas maneras, sabía que luchar junto a ellos era sinónimo de grandes masacres.

Kurgan - Caos 1

Las pequeñas escotillas exteriores de la barcaza y la cantidad de naves que se habían acumulado le dificultaban la tarea de reconocer a la otra flota, aunque por los diseños que intuía supuso que eran parte de los Guerreros de Hierro. Tuvo rencillas con ellos, pero se consolidaron como formidables aliados posteriormente.

Según se acercaban al Sanctum de su Señor de la Guerra Kurgan empezaba a notar la increíble maldad que emanaba del lugar. Apenas volviendo el rostro y sin necesidad de decir nada, sus hermanos de batalla detuvieron su avance y esperaron junto a otras escoltas de los Señores del Caos. Rothrax “El Retorcido“, Serpex “Ojo Rojo”, Ásmode “Hachainquieta”, Brom “Pequeño Kurgan” y Phorox “El Quemado” aceptaron con resignación sus órdenes, mientras el Primer Hechicero Seletax Vrock traspasaba las puertas blindadas junto a Akhronax bajo la atenta vigilancia de dos Dreadnoughts del Caos.

A su paso se cerraron las puertas, ya que eran los últimos en llegar al consejo de guerra que se iba a celebrar. Sintió el gran poder allí reunido, especialmente de su Señor de la Guerra Kurgan. Avanzó hasta el trono e hincó la rodilla izquierda, postrándose con la cabeza gacha hasta que su superior le diera permiso de levantarse.

Gracias por venir con tanta prontitud, Señor de la Primera de mis huestes — señaló Kurgan —. Sé que estabas regodeándote en ese planeta, masacrando a esos miserables seguidores del falso dios emperador — poniéndose en pie, posó su mano derecha sobre la hombrera de Akhronax y le indicó que se levantase —, pero tenemos cosas más importantes y que hará que mi ascenso demoníaco esté más cercano si lo conseguimos, puesto que esto son designios de nuestro amo Slannesh.

Cuando el Señor de la Guerra Kurgan “El Maldito” hablaba nadie osaba interrumpirle hasta que le dieran permiso, evitando desafortunadas situaciones ante el temperamento y carácter de Kurgan. Éste alzó una de sus manos, dando permiso a los presentes que aún permanecían postrados de rodillas a alzarse a la vez que, junto a Akhronax, se acercaba a la mesa holográfica de mapas. El Maestro Herrero de la Disformidad puso en marcha el antiquísimo artefacto y mostró una rápida sucesión de rutas, sistemas solares, esquemas orbitales y trayectorias de desembarco para invasiones planetarias.

Estos son nuestros próximos objetivos, muchos de ellos en este pequeño subsector llamado Merovingian, al sudoeste del Torbellino. Sus recursos y elementos estratégicos han hecho que varios de los más grandes Señores del Caos se hayan unido a nuestra causa. Tanto el Señor de la Guerra Typhus como Roghrax Manosangre han sido convocados, incluso el Padre Forjador Antílinus respondió a nuestra llamada; así como otros grandes señores que están de camino hacia aquí.

El Señor de la Guerra Kurgan saludaba con un gentil gesto con la cabeza a sus similares a la vez que los nombraba. Akhronax observó en el mapa holográfico que la flota se estaba preparando o para un asalto masivo al planeta que abandonó hacía poco, o simplemente para un bombardero vírico debido a ser un objetivo menor.

Akhornax, hijo mío, quiero que vuelvas a tu buque insignia y partas hacia Merovingian con tu hueste al completo. Ya he dado órdenes al respecto para que tu partida no demore mientras estabas de camino hacía aquí. — hizo una pausa a la vez que sonreía, produciendo que las tripa se le revolviesen aún más del pesado estrés que sentía en presencia de su señor. — Yo me quedaré aquí, esperando a los malditos rezagados…— Kurgan volvió a sonreír, y Akhornax cada vez le costaba más mantener la compostura y no vomitar, ya que podría ser decapitado allí mismo por injurias a su superior. —…así como para darle una calurosa bienvenida a los “invitados imperiales” que están dirigiéndose hacia aquí. No podemos hacerles ese feo.

Mientras era transportado con una lanzadera hacia su acorazado “Despojador de Vidas”, Akhronax estudiaba los datos recibidos por su señor personalmente y no podía evitar alegrarse de tenerlos en su poder; se estaba dando cuenta que, una vez llegado a Merovingian se encontraría con más de lo que los otros Señores del Caos allí reunidos conocían. El Señor de la Guerra Kurgan tramaba algo, y él fue escogido para ello. O salía victorioso con un gran botín y el favor de los Dioses, o les iría a hacer compañía a todos los antiguos hermanos de batalla caídos en su nombre.

Una vez llegado a su navío, reunió a todos sus seguidores, y a la vez que las bombas víricas hacían retumbar la superficie de Cath’lonia IV, inició un poderoso discurso con su profunda voz:

Hermanos míos, nos vamos mientras la muerte asola este miserable planeta para dirigirnos a otro destino, y como heraldos de nuestro Señor de la Guerra Kurgan debemos preparar el terreno para asegurarnos el ascenso de nuestro amo y señor a la demonicidad. Además, el favoritismo de nuestro señor hacia nosotros nos otorgará oportunidades para que los Dioses del Caos se fijen en nosotros, porque también ansiamos el poder que pueden ofrecernos…

Akhronax se levantó de su cadavérico trono, adornado con los cascos de sus antiguos adversarios, y levantó su puño de combate sobre su cabeza llenando sus pulmones de aire para continuar con sus palabras.

¡Malditos de Kurgan! ¡Toda la gloria será para nosotros! ¡Que esos despreciables que nos infravaloran teman nuestra fuerza! ¡Que teman nuestro odio aquellos que siguen al falso Dios Emperador! ¡Que los mares se tiñan de rojo y los cadáveres cuelguen de las agujas de las colmenas imperiales! —los gritos de júbilo ahogaban las palabras de su señor, a la vez que los motores de disformidad hacían temblar la sala de armas del acorazado. — ¡Muerte al falso Emperador, podrido en su pútrido Trono Dorado!

Kurgan - Caos 2


 

Antigua 10ª Compañía de la Legión Ultramarines / Erik

Durante los acontecimientos de la Herejía de Horus muchos de las legiones de Adeptus Astartes acudieron en auxilio de su Emperador, incluyendo a todos aquellas compañías de legiones leales que se encontraban en los confines de la galaxia. El conflicto dejó secuelas que perdurarían durante milenios, y al finalizar la defensa de Terra de las legiones herejes, los destacamentos de marines espaciales volvieron a su cruzada sagrada de conquistar y defender el Imperio de la Humanidad.

La 10ª Compañía de Ultramarines era una de ellas, previa a la creación del Codex Astartes, a la que rápidamente se le reforzó con escuadrones para volver a uno de los muchos frentes abiertos del Imperio. Su misión era alcanzar Ultramar y asegurarse de su defensa a la vez que iniciaban los nuevos procesos de reclutamiento y su primarca Roboute Guilliman ponía orden en el legado de su padre.logo-ultramarines

Lamentablemente su viaje no fue tranquilo, y tormentas disformes acecharon su travesía espacial para finalmente engullirlos en un torbellino vertiginoso de energía psíquica que los Navegantes no pudieron evitar. La flota acabó varada en algún lugar alejado de la luz del Astronomicón, incapaces de volver a sus coordenadas anteriores y ni siquiera saber dónde se encontraban Terra o Ultramar. El Capitán de la compañía, Máximo Quintel, mantuvo el orden y preparó directrices para evitar catástrofes innecesarias. Juntamente con el Capellán Rydik y el Apotecario Jefe Ganicus se dispusieron a guiar a los suyos en la búsqueda de una oportunidad de salir de ese oscuro pozo.

Pareció ser que no eran los únicos que fueron absorbidos por el vórtice disforme, pues encontraron un planeta cercano a su flota donde podrían disponer de una base de operaciones temporal. Apenas iluminado por la luz de las corrientes de la disformidad, el planetoide estaba habitado por seres pacíficos; su aspecto humanoide chocaba con las texturas vegetales que cubrían su cuerpo, muy alejado de cualquier otro xenos que se haya registrado en los archivos imperiales. Dotados de alguna especia de conexión telepática entre ellos, apenas tenían una evolución tecnológica consistente para suponer un peligro a la compañía del Capitán Máximo Quintel.

Mientras los navegantes y los marines espaciales más versados en estudiar la disformidad realizaban los cálculos para intentar salir de ese pliegue espacio-temporal,  el Apotecario Jefe Ganicus y el resto de la compañía se dedicó a investigar todo lo posible de estas desconocidas criaturas. La presencia de la 10ª Compañía atrajo miradas a ese mundo olvidado, haciendo apariciones espontáneas criaturas demoníacas ávidas de llevar un botín a sus dioses del Caos. El Capellán Rydik mantuvo una defensa feroz ante las hordas ruinosas, además de evitar que los plantoides fuesen exterminados por su presencia.

Para sorpresa de todos los integrantes de la compañía, una brecha luminosa se abrió en los cielos del planetoide por donde se podía ver como ráfagas de la luz del Astronomicón cruzaban para darles nuevamente esperanzas. Máximo Quintel le apenaba no poder hacer mucho más por los plantoides, pero sabía que si se marchaban volverían a estar tranquilos en su mundo sumergido en la oscuridad. Todos los marines espaciales de la 10ª Compañía que sobrevivieron a las legiones demoníacas embarcaron en la flota y se dirigieron tan rápidamente como pudieron los motores sub-luz a aquella puerta milagrosa.

Lo que para ellos habían sido unos años, para el Imperio de la Humanidad fueron milenios. La terminal de comunicaciones se llenó de millares de mensajes perdidos durante todo este tiempo en el espacio-tiempo, siendo el último de ellos un mensaje de socorro de un subsector que no aparecía en los anticuados mapas galácticos. El Capitán Máximo Quintel sabía que debía ir inmediatamente a Ultramar para informar del accidente que los atrapó, pero tampoco podía sentenciar la caída del nuevo subsector Merovingian a manos de herejes y xenos. Ordenó a todos sus hermanos que se preparasen para el combate, su deber no tenía fin y lucharían por las tierras que el Emperador conquistó.

Envió a la fragata clase Gladius más rápida  dirigiéndose a Ultramar mientras la flota que transportaba a la Antigua 10ª Compañía de la Legión Ultramarines se disponía a interceptar a las fuerzas que acechaban en este desconocido presente para ellos. Sentían que no pertenecían a los tiempos actuales y la galaxia había cambiado demasiado, pero aun así lo darían todo para proteger el legado del Emperador.

erik - ultramarines

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