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Enlaces de interés de la campaña: Introducción / Escenario / Reglas / Bandos / Trasfondos de las facciones: IIIIIIIVVVIVII / Capítulo I: Parte I


Capítulo I: ecos de la disformidad.

Batalla de la Meseta Escarlata (Regalis Major):

Los Guardianes de la Muerte enviados en búsqueda de los registros de la actividad psíquica en el sistema de Anduak llegaron a Regalis Major sin demasiados contratiempos, aunque con el tiempo suficiente como para preparar unas defensas alrededor del único centro de sensores disformes que pudo captar completamente el “Evento Cero”. Los primeros organismos tiránidos de la flota Cerberus se precipitaron en los desiertos del mundo capital y se aglomeraban en apabullantes mareas en dirección a cualquier lugar donde detectaran movimiento, y la presencia del brazo militante del Ordo Xenos en el Centro de Investigación de la Disformidad “Meseta Escarlata” no era la excepción. La extracción completa de datos por parte de los servidores de los Guardianes de la Muerte tardaría, por lo que el Capitán Ares comenzó a organizar una línea de defensa en dirección a las fuerzas tiránidas que se acercaban por el horizonte. La posición elevada en la elevada meseta tiznada de rojo favorecía a los defensores, aprovechando el entorno y creando cuellos de botella con armas automáticas emplazadas.

Destacamentos de apoyo de Ángeles Oscuros y Ultramarines pudieron ser desembarcados con seguridad en las cercanías del complejo científico, colaborando con los Guardianes de la Muerte en la fortificación de la posición. Todo el centro debía seguir intacto mientras se procedía a la extracción, desde la antena principal, el edificio de los servidores informatizados y el núcleo de generadores. Cualquier daño que recibiese alguno de los tres elementos del centro de investigación podría llevar a una cascada de fallos y perder valiosa información sobre el “Evento Cero”.

batalla 1

Los perseguidores de “Los Malditos de Kurgan” aterrizaron en el lado opuesto de la meseta, obligados por el fuego defensivo combinado de los marines leales al Emperador. No sin cierta frustración, los hombres del Señor del Caos Akhronax escalaron las escarpadas cuestas de la Meseta Escarlata hasta alcanzar la posición más al sur del Centro de Investigación. Rápidamente las fuerzas de los Ultramarines se redesplegaron para combatir en este nuevo frente y frenar lo máximo posible el avance de los marines del caos. El intercambio de disparos era constante, pero claramente los seguidores de los dioses del caos estaban empeñados en avanzar, ganándoles terreno lentamente a los reagrupados marines del Capitán Máximo Quintel.

Cuando la primera oleada de tiránidos golpeo la férrea defensa de los imperiales, los cadáveres comenzaron a acumularse entre la cresta de los dos picos cercanos. Las armas automatizadas caían bajo el peso de la quitina y los líquidos viscerales dispersos por las explosiones, mientras los Guardianes de la Muerte se preparaban para la embestida de las primeras criaturas monstruosas tiránidas en aparecer en Regalis Major. Junto a los Ángeles Oscuros de la Cruzada Némesis mantuvieron a distancia a los xenos, combinando su potencia de fuego en andanadas perfectamente sincronizadas. Lamentablemente para ellos, no eran los únicos xenos de los que preocuparse: un zigzagueante torrente de energía verdosa golpeó la retaguardia de los Adeptus Astartes. Cuando se giraron para avistar del origen de ese proyectil, avistaron docenas de humanoides metálicos que avanzaban desde la carretera al norte de las instalaciones. ¡Necrones!

Los Ángeles Oscuros rompieron la línea defensiva junto a los Guardianes de la Muerte para confrontar al nuevo adversario, materializado de la nada en el peor momento posible. El Gran Maestre Aun ordenó frenéticamente a sus escuadrones para que protegiesen el edificio de los servidores informatizados, más vulnerable a este ataque por la retaguardia. El poderoso rayo de energía luminosa volvió a azotar las filas de marines espaciales, desintegrando al instante con varios de sus hermanos. El líder de los Ángeles Oscuros alzó la vista para ver como descendía un Monolito necrón, sintiendo el crepitar de la energía recargándose en su cristal de nuevo. Cuando apenas le quedaban unos metros para alcanzar el suelo, el enorme vehículo de los xenos fue golpeado furiosamente por una descarga de misiles y cañones láser que lo desestabilizó e hizo que comiese el rojizo polvo de la meseta; una Ala de Combate de Cazas Nephilim sobrevoló las posiciones necronas con la clara intención de volver a realizar nuevamente una pasada. Los Adeptus Astartes rugieron con este pequeño logro, aunque apenas había comenzado la batalla.

El portal del Monolito se activó y apareció una singular figura del remolino de energía: un líder necrón con una desgastada túnica avanzó junto a los guerreros necrones que rodaban al transporte caído. Alzó su arma y en un instante aparecieron flanqueando a las fuerzas de los Ángeles Oscuros rápidos Destructores y Cuchillos de la Necrópolis descargaron ráfagas de armamento Gauss sobre los desprevenidos defensores. El Gran Maestre desconocía qué propósitoles traía allí a los necrones, y qué estaban buscando, pero debía impedir que tomasen el Centro de Investigación a cualquier coste, ya que era una de las pocas maneras de descubrir si detrás de todo esto estaban los Caídos. Mientras las dos fuerzas de combate convergían en un mismo punto, el líder de la Cruzada Némesis escuchó como el comandante de los necrones repetía una y otra vez la misma frase en su extraño lenguaje con esa tenebrosa voz. No lo entendía, pero era demasiado siniestro como para dejarlo con vida.

Batalla de la meseta escarlata


La última resistencia de Tom Highway (Valfar):

Desde que los telépatas bajo el mando del General Tom Highway enloquecieron por culpa de la sombra de la disformidad generada por el enjambre tiránido Cronos, no se pudo retomar nuevamente el contacto con el mundo capital. Los satélites que permitían las transmisiones de mayor alcance sin dependencia de los psíquicos fueron dañados por las bionaves, y al adolorido General solamente le quedaban radios y transmisores que apenas traspasaban la atmósfera. Su desesperada lucha contra los Genestealers y Líctores de la vanguardia tiránido hicieron que los restos de las compañías de las Fuerzas de Defensa Planetaria se vieran obligados a atrincherarse en cualquier agujero que encontrasen. Valfar no estaba preparada para una situación así, nunca se había planteado este maldito planeta con un digno plan de contención ni de rechazo a invasores xenos. Se esperaba que su falta de recursos estratégicos la relegasen a un objetivo secundario, pero no: para los tiránidos, Valfar era un bocadito delicioso de bosque y agua.

Y por si no fuera poco, la presencia de necrones no ayudaba en nada en su fútil intento de sobrevivir: los tiránidos evitaban a toda costa estos xenos, por lo que se creaba una burbuja de vacío alrededor de sus posiciones, presionando aún más a las mareas de quitinosas criaturas sobre las defensas imperiales. Si por lo menos pudiera contar con su asistencia, la cosa cambiaría, y mucho; pero lo único que volvieron del contacto con los necrones fueron las cabezas de sus emisarios. Parecía que los cráneos metálicos estaban buscando algo por Valfar y no lograban encontrarlo. Primero lo hicieron sin importarles la situación del planeta ni los habitantes de él, desenterrando ruinas en los densos bosques que ni siquiera el experimentado General Tom Highway conocía que existían. Ante su falta de resultados, aparecieron en los pocos puestos defensivos que aún seguían en pie tras resistir las feroces fauces tiránidas; agotados, los guardias imperiales y los milicianos caían ante las ancestrales armas de los necrones, dejando solamente vivos a los que tenían más rango militar. No demasiado tiempo, cabe destacar.

Frustrado de defenderse contra estos dos formidables rivales, el General tomó la decisión de evacuar a todos ciudadanos posibles, ya que su única esperanza de salvación estaba en escapar de Valfar. Ordenó a todos los supervivientes con los que pudo contactar que se dirigiesen a la Estación de Investigación Biomédica IV, localizado en territorio no infectado por organismos tiránidos de la flota enjambre Cronos. Aunque apenas contaban con transportes capaces de alcanzar el espacio, tenía la esperanza de que más temprano que tarde llegaría la ayuda prometida por el Gobernador del sistema Lyoben Lionsbane. Durante días fueron llegando refugiados al improvisado campamento del General Tom Highway, siendo atendidos en las instalaciones biomédicas por los pocos científicos y doctores que quedaban con vida en el planeta; niños y heridos fueron puesto bajo custodia en los sótanos del complejo, mientras que a todo hombre y mujer que pudiese caminar y sostener un arma se le entregaba un rifle láser, independientemente de su estrato social. El enfado de muchos aristócratas imperiales, forzados a sudar y sangrar junto a granjeros y milicianos, no afectó a la decisión de Tom y superpuso su voluntad a las reiteradas quejas de los adinerados de Valfar.

Desde lo alto de la Instalación Biomédica se divisaron vehículos necrones deslizándose por la costa noroeste, que gracias a sus motores gravíticos ignoraban completamente las serradas cordilleras que cubrían el complejo. El General ordenó inmediatamente formar un frente con todas las tropas disponibles, pero cada vez que el observador informaba a Tom de los efectivos xenos que iba contando, sentía que esta iba a ser una lucha con un único resultado. Contactó con los pilotos de los transportes aeroespaciales y mandó encender motores, mientras se evacuaban a los refugiados de la instalación biomédica hasta la zona de extracción.

batalla 2

Apenas los transportes necrones aparecieron por el horizonte del golfo que dominaba la Instalacion de Investigación Biomédica IV, el retumbar de unos cañonazos al sur del Centro de Mando asustaron a Tom Highway. Para su salud, las ojivas disparadas sobrevolaron sus cascos e impactaron en las Arcas Fantasma que abrían paso al resto de las fuerzas necronas, haciéndolas volar en mil pedazos por las azules playas de Valfar. En lo alto del monte anexo a la Instalación Biomédica se desplegaron apresuradamente unos Tanques de Artillería Móvil Basilisk, mientras se abría paso una columna de Tanques de Batalla Leman Russ hasta llegar a la playa al sur de las posiciones defensivas, escoltados por centenares de guardias imperiales a pie con viejas insignias cadianas. Los inesperados refuerzos volvieron a abrir fuego a voluntad contra los deslizadores necrones y los Tanques Leman Russ hicieron aullar sus motores para dirigirse al oeste del complejo científico, en una clara táctica de alejar al enemigo de las posiciones vitales de los últimos supervivientes de Valfar. Para alegría del General, la sosegada voz del líder de sus salvadores se hizo presente en su radio: —Al habla el Coronel Maneth del regimiento de “La Jauría Errante”. No moriréis aquí, héroes del Imperio.

Los necrones cambiaron de rumbo y ampliaron su avance para adaptarse al nuevo frente. Entre ellos emergió la esbelta figura portadora de un orbe en la mano, que al alzarlo hizo que los necrones caídos se recompusieran y retomaran su avance por los arenales circundantes al complejo biomédico. Los murmullos entre los milicianos se hicieron resueno hasta llegar a los oídos del General Tom Highway, descubriendo que la heráldica de ese Líder Necrón se correspondía a las descripciones confusas que se dieron de “El Guardián”, dirigente de una dinastía descubierta recientemente. No tuvo tiempos para ensoñaciones, el observador desde el punto más alto de la instalación biomédica alertó de una marabunta de tiránidos aproximándose por la costa norte de al otro lado del canal. Su avance fue frenado por la distancia que debían recorrer a nado entre la playa y el Centro de Investigación Biomédica IV, hasta que comenzaron a acumularse demasiadas criaturas en las finas y sedosas arenas. Dubitativos de la profundidad, algunos pocos termagantes se aventuraron en la travesía de las aguas, hasta que un estridente chillido hizo que cada uno de los especímenes tiránidos se lanzaran directos al punto de extracción de manera aterradoramente ordenada. Un impetuoso Tirano de Enjambre hizo presencia en la playa, acompañado por incontables tiránidos del enjambre Cronos saliendo de los bosques y siguiendo a los primeros valientes individuos.

— No te preocupes, General —se anticipó la radio con la voz del Coronel —. No somos los únicos que han escuchado tu llamada de auxilio. Evacúa a esos civiles y déjanos rechazar a los invasores a nosotros.

Centenares de misiles iónicos y proyectiles de inducción entorpecieron a los primeros tiránidos al unísono que descendían desde el cielo Armaduras de Combate XV8 Crisis como si ángeles salvadores se tratasen. Las ráfagas de disparos constantes otorgaron tiempo a que los Transportes de Tropas Mantarraya de los T’au desembarcasen su infantería y comenzaba lo que sería una devastadora refriega para Los Últimos de Tom Highway. Codo con codo, humanos y T’au debían decidir el destino del antes paradisíaco mundo.

Batalla de la última resistencia de Tom Highway


El gambito de Druvaldin (Avernus):

Avernus se convirtió en un infierno, mucho más de lo que ya era; los orkos campaban a sus anchas y saqueaban todo el armamento que los indefensos trabajadores del Adeptus Mechanicus no podían defender: vehículos, rifles, cohetes, propulsores, planchas de adamantio. Los mekánikoz del clan de “Loz Piñoz Zucioz” aprovecharon las forjas abandonadas para improvisar los tanques y transportes para sus chicos, preparándose para el intenso combate que se iba a desarrollar en los sectores más afectados por el desembarco piel verde. Harrisork “Pateakuloz” saltaba de alegría al volver a sentir el entusiasmo del Whaaagh en su cuerpo, a la vez que hundía su rebanadora en los pobres infelices que se cruzaban en su camino. Acostumbrados a corretear por el alcantarillado de Merovingian, su clan comenzaba a enraizarse peligrosamente en el subsuelo de Avernus.

La paz no le duró mucho para Harrisork y sus chicos, puesto que decenas de naves de desembarco de los Adeptus Astartes rompían la melódica sinfonía de los cañones orbitales. Comenzaron a escucharse los disparos de bólter y el estruendo de millares de orkos recorriendo las calles de los complejos industriales. El clan de “Loz Piñoz Zucioz” debía expandirse rápido por el planeta y salir de la zona de aterrizaje inicial; un gargantuesco piedro orko en llamas golpeó violentamente los manofactorums adyacentes a la posición de Harrisork, helándole la sangre al haber sentido la muerte tan cercana. Uno de sus secuaces más listos divisó lo que parecían unos grandes railes que se alejaban de la peligrosa zona de impacto, así como cocheras con vagones ferroviarios dedicados al transporte de metales pesados. El Kaudillo orko rápidamente vociferó órdenes para que todos los pieles verdes trabajasen en poner en funcionamiento esos vagones, aprovechando la buena cantidad de vehículos imperiales que pudieron saquear. Como si fuera una cuadriga, los kamionez y karroz de guerra hicieron rugir sus motores para acelerar los vagones por las vías, e apresurados propulsores acoplados en la parte trasera de la caravana ferroviaria acabaron por impulsarlos definitivamente. El Whaaagh del Kaudillo Harrisork “Pateakuloz” se movía, ¡y con qué ingenio!

Los cruzados que acudieron a la superficie de Avernus a exterminar a los orkos recorrían las calles del borde más exterior de la zona principal de aterrizaje piel verde, barriendo a todo aquel xenos espabilado que buscase refugio allá por donde no creía encontrar resistencia. El Castellano Santiago de Los Caballeros de San Jorge lideraba el grueso principal de tropas mientras una sigilosa avanzadilla les indicaba donde se había detectado movimiento piel verde. Las amplias calles se llenaban del manto ceniciento causado por las erupciones descontroladas del planeta volcánico, nevando una densa capa que impedía un avance ligero. Pese a estar alejado de las forjas, el calor era agobiante  y los filtros del casco apenas ayudaban a aguantar este hostil ambiente. Sus comunicaciones se abrían continuamente, informándole de la limpieza del polígono de almacenamiento por donde se aventuraron; cada vez, enviaba a más hombres a dispersarse y cazar a todos aquellos objetivos que fueron señalados. Una comunicación entrante con voz nerviosa y femenina se solapó con la de sus escuadras, deteniéndose en un inconsciente acto para centrar su oído en la petición de auxilio que se estaba emitiendo:

— ¿Alguien nos escucha? ¡Por favor! ¡Necesitamos Ayuda! ¡Estamos siendo atacados por Drukhari! Nuestra posición es…

El mensaje se repitió hasta dos veces más, suficiente para que el Mariscal de los Templarios Negros mandase un inmediato reagrupamiento de todas sus escuadras y dirigirse allí donde era necesitado. Sentía que algo no iba bien, que los Drukhari aprovechasen el conflicto en Anduak era una señal de que llevaban tiempo observando el sistema, y que podrían estar detrás de todo. Falto de experiencia en combatir a estos escurridizos rivales, contactó con una escuadra de exterminio de los Guardianes de la Muerte cercanos para que informasen al Maestro de la Guardia Philippo de esta nueva amenaza. Uniendo sus fuerzas, los Adeptus Astartes abandonaron su barrido de orkos para tomar rumbo y salvar las máximas vidas posibles de los habitantes de Avernus. Apenas a medio kilómetro del origen de la baliza de socorro, el Castellano Santiago divisó media docena de Incursores Drukhari alrededor de un tren frenado; junto a ellos, decenas de humanos arrodillados estaban siendo custodiados por guerreros xenos. Con una irrefrenable furia ante esa visión, el líder de los Templarios Negros ordenó con celo justiciero el avance para salvar a los creyentes en el Emperador. El Tanque de Batalla Predator que encabezaba la formación abrió fuego con sus láseres y derribó uno de los desprevenidos Incursores, golpeándose contra un vagón,  descarrilándolo y ardiendo en llamas purificadoras.

Cuando los Drukhari se dieron cuenta de la presencia de los Templarios Negros, rápidamente se dirigieron a sus transportes. Ante la ráfaga de disparos de largo alcance de los marines espaciales, algunos alzaron el vuelo sobre los edificios que rodeaban la caravana ferroviaria, mientras que otros rápidamente se pusieron nerviosos porque los suyos tenían malfuncionamiento en los motores. Forzosamente, y ante la inevitable opción de escapar, los guerreros se dispusieron a batallar a los Templarios Negros. Superados en número, no fueron oposición alguna para los hombres del Castellano Santiago.

Abatidos los xenos, los cruzados informaron a las escuadras de exterminio del Maestro de la Guardia Philippo, que avanzaban por una de las avenidas del sur paralelos a ellos, que los rehenes habían sido asegurados. O eso creía creer el lugarteniente del Mariscal Santiago. Acercándose a la locomotora con su áuspex, descubrió la radio que emitía la llamada de emergencia: observándola más de cerca percibió que estaba en bucle, enviando el mismo mensaje a diferentes canales de comunicación. Cuando uno de los neófitos que fue a examinar a los civiles descubrió que todos habían sido brutalmente asesinados y colocados en perfecta formación, gritó con todas sus fuerzas: “¡es una maldita trampa!”.

batalla 3

El Mariscal Santiago estudió a su alrededor; la disposición del lugar era ideal para evitar la huida, se habían metido de pleno en la boca del lobo. Y sacrificar algunos de los Drukhari para que no pensase en esa posibilidad fue un plan maestro; macabro, pero muy inteligente. Aquellos Incursores que huyeron de los raíles volvieron junto a una fuerza portadora de los emblemas de “Los Cazadores Pálidos”, liderados por Druvaldin. Seguramente buscaban capturar y esclavizar a luchadores y no a meros civiles, por eso todo este montaje. Les demostraría que con los Templarios Negros no se puede jugar, que la fe en el Emperador es superior a cualquier artimaña xenos.

Cuando las escuadras de exterminios lideradas por el Maestro de la Guardia Philippo alcanzaron el tramo de raíles principal, el tiroteo entre los Templarios Negros y los Drukhari ya había comenzado. Dispuestos a ayudar a sus hermanos, los Guardianes de la Muerte se apresuraron a tomar posiciones para avanzar cubriendo la retaguardia a la cruzada de Los Caballeros de San Jorge. Las formaciones de xenos que intentaban flanquear a los hombres del Castellano Santiago por las azoteas de los edificios colindantes fueron derribadas por los miembros de “La Vigilia de la Muerte” durante su avance implacable. Pese a la amenaza de los Drukhari, algo atrajo la mirada de Philipo: justo a su izquierda, una decena de vagones negros, algunos repletos con sellos de pureza, descansaban en vías secundarias. Una desconocida emoción le recorrió el espinazo al divisar en muchos de ellos el símbolo del Adeptus Astra Telepatica, la organización responsable del reclutamiento y entrenamiento de los psíquicos del Imperio. No le gustaba que estuviesen abandonados, pero los que aun mantenían los cierres sagrados era indicativo de que dentro se encontraban levas de psíquicos no autorizados. El Maestro de la Guardia ordenó a varios hombres que se acercasen a los vagones, a medida que su voz era silenciada por una ensordecedora bocina proveniente de los túneles inferiores que conectaban con los raíles a sus espaldas. Los Guardianes de la Muerte dieron un vuelco a sus armas mientras se iluminaba progresivamente la oscuridad del acceso, hasta que finalmente surgieron de él varios vehículos orkos tirando de un enorme vagón saqueado. Un enorme piel verde hacía relucir sus colmillos, a la vez que alzaba su garra de kombate y con una grotesca voz orkoide alentaba a sus chicos: “¡Chu, chu! ¿No me habeiz invitado a ezta fiesta? ¡Ez hora de partir kabezaz!”

El gambito de Druvaldin


La disputa por el espaciopuerto de Regalis Minor:

Con la gran mayoría de tropas desplegadas en los diferentes planetas, las flotas se disputaban el control del sistema desde más allá de las atmósferas planetarias. Los imperiales apenas resistían el embate de las flotas enjambres, y la incursión del Señor del Caos Akhornax apretaban aún más las tuercas de los capitanes de la armada. La suma de las flotas de Ángeles Oscuros y Ultramarines recuperaba ligeramente el balance en la contienda, aunque no estaban especializadas en el mantenimiento de refriegas espaciales de larga duración. La aparición de los T’au en la defensa de Valfar sorprendió a todos los líderes imperiales, albergando una mínima sospecha sobre sus verdaderas intenciones: eran xenos, al fin y al cabo.

Quien mantuviera el control del espaciopuerto de Regalis Minor tenía mucho ganado, ya que era el centro principal de repostaje y mantenimiento de la armada imperial en Anduak. Si los invasores conseguían arrebatar el dominio de la luna, complicarían mucho las comunicaciones y el movimiento de tropas entre los diferentes planetas. El bando invasor, aunque disperso en sus propios intereses, entendía que la neutralización de la instalación orbital sería favorable para el logro de sus objetivos; los defensores se apresuraban a reunir todas sus fuerzas y cargar contra cada una de las flotas que asediaban el sistema solar.

batalla 4


Partidas obligatorias para los jugadores inscritos (objetivos específicos):

Batalla de la Meseta Escarlata (Regalis Major):

Tiránidos (Mephisto) vs Deathwatch (Xavi)

Caos (Kurgan) vs Ultramarines (Eric)

Necrones (Carles) vs Ángeles Oscuros (Manu)  

La última resistencia de Tom Highway (Valfar):

Necrones (Ministre) vs Astra Militarum (Chema)

Tiránidos (Mordier) vs Imperio T’au (Edu)

El gambito de Druvaldin (Avernus):

Drukari (Eladi) vs Templarios Negros (Torment)

Orkos (Ángel) vs Deathwatch (Edu/Tagid)

Partidas para los jugadores casuales (objetivo genérico):

La disputa por el espaciopuerto (Regalis Minor):

Flota invasora vs Flota defensora

Reglas del Capítulo I:

1 – Composición de ejércitos: Ejércitos Veteranos de 1.500 puntos de Juego Equilibrado. No se permiten unidades de Forgeworld, Amos de la Guerra ni Personajes de Renombre. En las partidas casuales no ha límite de puntos ni de las unidades citadas anteriormente, lo que acordéis los propios jugadores.

2 – Las miniaturas deben representar lo más fielmente su equipamiento. Se debe evitar lo máximo posible los “proxies” y miniaturas a medio montar.

3 – Misión: Tirad el D6 en la Tabla de Guerra Eterna. Tablero estándar.

4 – Resultados: El vencedor de las partidas obligatorias será informado al organizador de la campaña (mediante whatsapp o correo electrónico), así como adjuntar un pequeño informe de batalla por parte de los dos contrincantes lo antes posible. El vencedor de las partidas casuales indicará a Ángel a que bando le sumará la victoria, dependiendo de la facción de su ejército, que lo apuntará para entregárselo al organizador de la campaña al finalizar el capítulo activo. Aquel bando que acumule más victorias al final de mes será el que acabe dominando el objetivo genérico del capítulo I.

5 – Tiempo para jugar: El capítulo se cerrará el 10 de Septiembre. Tenéis hasta ese día para jugar los emparejamientos obligatorios y cualquier número de partidas casuales en la tienda Hobby Miniatures.

6 – LA REGLA MÁS IMPORTANTE: vamos a jugar para divertirnos, aquellos que tengáis ansias competitivas que se las deje en casa. Lo primero es la deportividad y disfrutar del juego.

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