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Necrones: El Imperio de los Mutilados / Carles

Su mente continuaba tan lúcida como el primer día que fue transmitida a este nuevo cuerpo. Pese a ser solamente un fragmento de la conciencia del Programa Maestro, el Líder Necrón guiaba con un silencio implacable a los centenares de individuos que componían sus legiones de metal. La flota que lideraba surcó el vacío interestelar siguiendo anticuados planos de más de sesenta millones de años, todo en la búsqueda de mundos necrópolis que no se habían unido a “El Gran Despertar” que ideó Szarekh, el último Rey Silente de la Triarca Necrontyr. Lejos de su mundo original, Sarkon, el comandante necrón obedecía aquello que le impuso lo que él consideraba su padre e igual al mismo tiempo, el Programa Maestro.SD01T-P4yXU

A veces le hacía sentir confuso, pues contenía recuerdos y memorias que sentía que eran suyos pero que no había vivido con este cuerpo físico, que pertenecían al Programa Maestro; y a la vez, sabía que él era en esencia el Programa Maestro. Cada vez que vivía más experiencias en el logro de su objetivo, se distanciaba más del ser original que había sido en el momento de ser creado, ya que no mantenía ningún tipo de conciencia colectiva. Y cada vez se repetía una y otra vez la misma frase:

Yo soy el Emperador Sarkoni, líder del Imperio de los Mutilados. Soy el Programa Maestro del mundo necrópolis Sarkon y mi propósito es llevar el orden y el silencio a esta galaxia.

Tenía tendencia a mirarse las frías manos cada vez que la vocalizaba con esa voz metalizada, como si fuese un tic involuntario al plantearse  aquella duda que crecía en su mecanizado interior.  No debía ser el único que se sintiese así, ya que el Programa Maestro se dividió en más Líderes Necrones para expandir los territorios de sus dominios; conquistados los mundos necrópolis cercanos, el primer Emperador Sarkoni, que era considerado el Líder Supremo Necrón del Imperio de los Mutilados, utilizaba cada uno de los cuerpos de líderes necrones que capturaba para transmitir un fragmento de su programación y enviarlos con flotas errantes en el único propósito de aligerar su objetivo. Por lo que él creía que tarde o temprano se encontraría con alguno de sus hermanos.

Surcando lo que los humanos llamaban Ultima Segmentum, dejaba atrás la gran grieta disforme que apenas un centenar de años se abrió para dividir la galaxia con sus incontrolables energías. Él y sus huestes se abrieron paso a través de hordas demoníacas dirigiéndose al sur galáctico, buscando arrebatar la iniciativa a la dinastía Sautekh, dirigida por Imotekh el Señor de la Tormenta, en el despertar de los mundos necrópolis cercanos al núcleo galáctico: sus filosofías eran contradictorias y el Emperador Sarkoni no quería encontrarse en inferioridad de fuerzas ante la dinastía más poderosa conocida.

Por fin dejó de cavilar y sus ojos vacíos de vida se sumergieron en la húmeda mirada de aquel humano que se arrodillaba delante de él. Evitando lanzar un grito desgarrador de terror, mantenía sus instintos a raya con tal de salvaguardar su propio pellejo. Los carnosos labios no dejaban de temblarle mientras le borbotaba lentamente sangre de las heridas en las mejillas.

Contéstame, mortal — inició el líder necrón —, ¿proclamarás obediencia incondicional al Imperio de los Mutilados y al Emperador Sarkoni, o perecerás como aquellos que te rodean?

El humano observó los cadáveres de sus iguales mientras eran arrastrados por guerreros necrones a fosas comunes. Se abrazó a sí mismo con los brazos y volvió su mirada a la enigmática figura que se alzaba delante de él. — S-sí, os juro lealtad y brindaré p-p-protección a este mundo mientras se alzan tus guerreros. Mis tropas y yo serviremos al Imperio de los Mutilados.

Lo que pareció una eternidad para el General de las Fuerzas de Defensa Planetaria fueron apenas unos instantes para el Emperador Sarkoni. Asintió con su cadavérico rostro y extendió su mano hasta alcanzar la mandíbula del humano. Tembloroso, el arrodillado ahogó un chillido al ver que de la túnica desgastada del Líder Necrón aparecían un centenar de diminutos escarabajos y recorrían su cuerpo en dirección a su brazo alargado hacia el mortal. En un inevitable intento por zafarse de su destino, el humano quiso apartar su cabeza y huir, pero la garra del Emperador Sarkoni apretó fuertemente del dolorido rostro del General, abriéndole la boca y dejando que los escarabajos cepomentales penetrasen por su orgánica garganta.

Al entrar el último escarabajo en el agónico mortal, Sarkoni lo soltó y dio un paso atrás. El humano convulsionó durante unos segundos hasta quedar completamente inerte en el suelo. Finalmente y con un espectral silencio, el General se levantó y se arrodilló como un caballero lo hace a su rey. Su mirada, ahora vacía de voluntad, se clavó en la del Líder Necrón.

— Y ahora, mi esclavo, ¿qué has escuchado sobre los necrones?

— Mi amo — respondió el General con una voz gutural —, el subsector Merovingian ha reportado actividad necrona en uno de sus sistemas planetarios: Anduak. Las últimas calamidades ocurridas allí los deben haber despertado de su letargo.

El Emperador Sarkoni giró sobre sus talones y observó el devastado horizonte del planeta, surcado por las aeronaves necronas. — Excelente. Asegúrate de que este mundo despierta y obedece a la voluntad de El Imperio de los Mutilados.

Sí, mi amo. — añadió el General mientras se alzaba y volvía con su nuevo cargamento a las filas de la Fuerza de Defensa Planetaria.

Llevaremos la flota errante a Anduak —se dijo a sí mismo —. El Imperio de los Mutilados impondrá orden y silencio a esta  galaxia.  Yo soy el Emperador Sarkoni, líder…

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Templarios Negros: Los Caballeros de San Jorge / Torment

Sus pasos hacían temblar las enormes vidrieras que iluminaban el gótico pasillo. Todos aquellos que lo abarrotaban se giraron a observar el avance decidido de la imponente figura  del marine espacial equipado con una Armadura Táctica Dreadnought pintada de negro y con unas reconocibles cruces decorándola: Templarios Negros. Hasta que el Mariscal San Jorge no bajó su martillo trueno apoyado en su inmensa hombrera los presentes no se apresuraron a abrirle paso hasta las puertas cerradas de la oficina del Gobernador del Sistema Lyoben Lionsbane. Se detuvo ante los dos guardias que impedían el paso a toda la muchedumbre de administrativos y nobles y los fulminó con una silenciosa mirada. Rápidamente golpearon la puerta y apenas entornándola se asomó uno de los guardias de dentro de la sala para ver qué ocurría. Al fijarse en el Mariscal, tragó saliva y se dispuso a abrirla aún más, aunque apenas le dio tiempo: el mismo marine espacial la empujó con el enorme guantelete de su armadura y accedió a las estancias del Gobernador del Sistema.

— Gobernador Lionsbane, ¿a qué demonios está esperando para organizar la defensa de los planetas? — habló San Jorge mientras se acercaba al amplio escritorio del dirigente,  abarrotado de documentos y algunas botellas vacías de amasec.hVUMfSM

Nervioso, Lyoben Lionsbane alzó la mirada al enorme Adeptus Astartes y pensó rápidamente alguna respuesta, pero su mente no reaccionaba demasiado bien después de todo lo que había consumido. Se alzó de su sillón y recompuso su desecho uniforme militar manchado de licor.

— ¡Bienvenido, Mariscal! No le esperaba tan pronto — comenzó a ordenar tropezosamente papeles mientras evitaba mirar directamente a San Jorge —. ¿A qué se debe su visita tan inesperada a mi palacio?

El Mariscal San Jorge plantó bruscamente el martillo trueno en el suelo del despacho, haciendo tintinear las botellas y recuperando la atención del Gobernador. Cada vez tenía menos paciencia, sobre todo después de toda la información que acababa de obtener.

— He recibido informes de Valfar sobre una invasión tiránida en curso; incursiones necrones en puestos avanzados de Borealis; piedroz y pecios espaciales orkos de Merovingian en curso de colisión con  Avernus… y ahora me entero a escondidas que hemos perdido un valioso cargamento de hombres y munición a mano de los Drukhari hace unas horas. ¿Qué pretende, Gobernador?

Tan aterrado como perplejo, el canoso Lyoben no supo responder y de reojo comenzó a buscar sobre la mesa la media copa de amasec que le quedaba. Deslizó su mano con pulso tembloroso hacia ella cuando el Mariscal San Jorge agarró su arma y propinó un atronador golpe al escritorio, partiéndola en dos y haciendo estallar todos los documentos y botellas en un torbellino descontrolado. El Gobernador lentamente se llevó la mano al pecho, sintiendo como su corazón palpitaba como nunca antes lo había hecho, ni siquiera en las lejanas trincheras de Cadia.

— Conoce que ocultar información a los Adeptus Astartes puede ser juzgado como traición, ¿verdad? — el Mariscal colocó su martillo nuevamente en el hombro —. Por suerte, para usted, tiene buenos hombres en la administración que ante vuestra aparente parálisis han decidido contactar con nosotros mientras nos reabastecíamos en Regalis Minor. Debería darles las gracias, y recompensar su deber apropiadamente.

San Jorge caminó hacia el enorme ventanal que iluminaba la estancia, observando el desértico erial de Regalis Major desde el punto más alto del palacio gubernamental. Lyoben Lionsbane se apresuró a ponerse a su lado y juntó las manos en la espalda, evitando así que el Templario Negro las observara temblar.

— Creí tenerlo todo controlado, Mariscal. Confié en mi experiencia y fracasé. ¿Qué puede aconsejarme que haga, mi señor?

— ¿Aconsejarte? — San Jorge lo miró y alzó una ceja, casi en tono burlón —. He enviado a mis dos mejores hombres a organizar la resistencia de Valfar y Avernus; el Castellano Santiago está de camino a la órbita de Avernus con el Crucero de Asalto “Lanza de Luz” mientras que el joven Paladín del Emperador Aristeo está requisando naves civiles y se dirigirá a Valfar con todos los efectivos disponibles. Lo único que puedo aconsejarte es que te dejes de burocracia y salgas a las calles a liderar a tus tropas — el Gobernador Lionsbane agachó la cabeza, claramente avergonzado, y miró las brillantes medallas que decoraban el pecho de su uniforme. Sintió que no las merecía, que todo aquello que aprendió y vivió en las crueles trincheras de lejanos mundos no lo estaba aplicando cuando su pueblo más lo necesitaba —. Están de camino refuerzos confirmados de Ángeles Oscuros y Ultramarines, y hermanos del Ordo Xenos han sido informados de la situación. Lo único que debemos hacer es resistir con fe en el Emperador.

Lo que podría haber sido un silencio incómodo se convirtió en unos momentos de reflexión para Lyoben. La presencia del curtido Mariscal San Jorge ayudó a que el valor del viejo corazón del Gobernador asomase una vez más. Inspiró profundamente y observó como en el horizonte centenares de naves de transporte de las Fuerzas de Defensa Planetaria alzaban el vuelo hacia las barcazas en órbita. Volvió a mirar al Templario Negro, esta vez con ojos que reflejaban coraje y sacrificio.

— Lucharé, aunque sea mi última vez. Este atrofiado cuerpo apenas recuerda el fragor de la batalla y mi deber como Gobernador del sistema es dar ejemplo a todos los habitantes de Anduak. Tantos años apoltronado en este maldito sillón han hecho que mi devoción se consuma. Combatiré sin descanso y dirigiré a los defensores con fervor y celo, haciendo que a los enemigos del Emperador se les retuerzan las entrañas y se arrepientan habernos desafiado — San Jorge asintió con la cabeza a cada una de sus palabras, haciendo que Lyoben se envalentonase cada vez más con su discurso auto motivador.

El líder del sistema se acercó a una de las recargadas cómodas de su despacho y abrió el cajón inferior, poniéndose de cuclillas. Con pulso firme agarró su viejo rifle láser y se lo colgó del hombro. Miró hacia la puerta de la estancia y se dio cuenta que un pálido guardia estuvo presente en todo momento, casi conteniendo la respiración para que no se diesen cuenta de su presencia. Lyoben le miró y este abrió la puerta para escabullirse al pasillo, a la vez que una pequeña sonrisa florecía en el arrugado rostro del Gobernador.

— Gracias, Mariscal, por abrirme los ojos de nuevo. Demostraré que soy un dirigente digno y no dejaré que caigan estos mundos mientras siga con vi… —al volver la mirada al ventanal, se dio cuenta que el marine espacial ya no estaba —…da.

El Gobernador se puso en pie y observó todos los rincones de la sala, comprobando que realmente no estuviera allí y no se hubiese percatado. Volvió a respirar profundamente, se arremangó la chaqueta del uniforme y con paso firme se dirigió a la puerta, abriéndola de par en par. La multitud acumulada, así como los guardias que la custodiaban, callaron, dejando paso a las primeras palabras del Gobernador del sistema Anduak Lyoben Lionsbane:

— Señores, vamos a defender nuestro hogar.

Torment - Templarios Negros

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